“¡Hay gente atrapada!”, “dicen que hay muertos”, “arriba se prendió fuego todo”. Las frases se repetían esta madrugada de boca en boca, amplificadas por el miedo y la ausencia de confirmaciones. Nadie podía asegurar qué era cierto y qué no, pero todos coincidían en algo: el cerro seguía moviéndose y el peligro era real. El domingo 18 de enero de 2026 quedará en la historia negra de Comodoro Rivadavia.
Durante las primeras horas posteriores al derrumbe, las autoridades priorizaron la evacuación y el rescate, mientras la información llegaba de manera fragmentada. En ese vacío comunicacional, los testimonios de vecinos —atravesados por el shock— se convirtieron en la principal fuente de datos para quienes aún buscaban a familiares o intentaban entender qué estaba ocurriendo.
“Nos dijeron que se perdieron dos nenes allá arriba, que estaban buscando gente entre las casas caídas”, relató un vecino mientras aguardaba noticias en la zona de evacuados. Minutos después, otra persona aseguraba lo contrario: “Salieron todos, gracias a Dios salieron todos”.
Las versiones se contradecían sin pausa.
Bomberos Voluntarios reiteraban que no podían confirmar heridos ni víctimas fatales, pero el mensaje se diluía entre gritos, llantos y teléfonos que no dejaban de sonar.
El sonido constante del suelo —crujidos, desprendimientos menores, alarmas domiciliarias activadas por vibraciones— alimentó una sensación de amenaza permanente. Cada nuevo ruido reactivaba el pánico colectivo y reforzaba las versiones más alarmantes.
UNA CADENA DE EXPLOSIONES Y MOVIMIENTOS
“Se escuchan explosiones, esto no paró”, advertían los vecinos, incluso cuando los movimientos más visibles habían disminuido. La percepción de riesgo era tan intensa que muchos interpretaron cualquier estruendo como un nuevo colapso inminente.
La incertidumbre también se reflejó en el comportamiento de las familias evacuadas: algunos regresaron a la zona roja convencidos de que alguien había quedado atrapado; otros lo hicieron por miedo a saqueos, tras versiones que aseguraban robos en viviendas abandonadas.
La circulación de rumores generó momentos de alta tensión entre vecinos y fuerzas de seguridad. Mientras la policía intentaba cerrar accesos, grupos de personas exigían volver a subir al barrio para “buscar a alguien” o “rescatar algo antes de que sea tarde”.
“No podemos confirmar eso”, repetían los rescatistas ante versiones de víctimas fatales, pero la negación oficial no siempre alcanzaba para calmar la angustia. En algunos casos, los propios vecinos desmentían rumores minutos después de haberlos difundido, al reencontrarse con familiares que creían desaparecidos.
Los reencuentros, celebrados con llantos y abrazos, contrastaban con escenas de desesperación a pocos metros, donde otros seguían preguntando nombres en voz alta, esperando una respuesta.
Con el correr de las horas, y a medida que se consolidó el operativo de emergencia, comenzó a ordenarse la información: no había víctimas fatales ni heridos, según confirmaron Bomberos y autoridades municipales.
